Los alemanes, esos tipos que parecen destinados a (de una manera u otra) dirigir Europa, no han sido siempre los sesudos tipos amantes de la ingeniería y la filosofía por los que hoy en día les tenemos.
Según leo en varios sitios, allá por el s. XVI, cuando España era aún una gran potencia mundial, mientras que aquí las gafas eran vistas como un símbolo de distinción tal que la gente las llevaba sin realmente necesitarlas (no importa si es Justin Bieber o Francisco de Quevedo, aquí siempre queremos parecernos a alguien) en Alemania eran consideradas poco menos que un instrumento del mal.
Símbolo de petulancia, de inmoralidad y, si me apuras, de afiliación al diablo eran algunas de las ideas asociadas a tan útil invento.
Al parecer la inclusión de un cristal entre la mirada de dos personas era lo más parecido a una máscara que uno podía llevar sin ser carnaval.
En las cortes de Dresde estaban prohibidas, y la animadversión que el novelista Goethe sufría hacia ellas era tal que se negaba a mantener una conversación con cualquiera que las portase ya que, según él, con ellas “vemos más de lo que deberíamos”. También eran a su parecer el motivo de la arrogancia juvenil.
En fin, ya sabéis, si viajáis en el tiempo a una Alemania del pasado (o Prusia), más os vale que os llevéis lentillas…u os tomarán por francés y seréis condenados al ostracismo.
Avisados quedáis.







